La Tabla Redonda
EL OTRO REY
Resumir en unas cuantas líneas la biografía, el pensamiento y la obra de don Arturo Pérez-Reverte resultaría tan ineficaz como pretender desmenuzar alguno de sus libros en apenas tres o cuatro folios. No sería lógico. Ni justo. Por ello, el artículo inaugural de esta nueva sección no caerá en los tópicos de la síntesis, el listado, el currículum o la enumeración de cualidades honorables.
De nada serviría señalar que Arturo pasó 21 años de su vida en medio de conflictos bélicos o que su biblioteca particular la componen más de 20.000 volúmenes. De nada serviría apuntar que sus obras ocupan los estantes de las librerías de todo el mundo. De nada serviría comentar que, con más de 15 millones de ejemplares vendidos, Reverte es el escritor español vivo más leído en la actualidad. Y de nada serviría reseñar que los académicos de la Real Academia Española aceptaron su ingreso en la noble institución por unanimidad (26 votos a favor y 4 en blanco). En definitiva, de nada serviría exponer todo un catálogo de premios y distinciones si no tenemos en cuenta que para conocer a Arturo Pérez-Reverte debemos introducirnos en sus escritos y leer más allá de las líneas que componen el texto.
“Nadie pone lo que no tiene”, dice Arturo cuando es preguntado por personajes, diálogos y circunstancias que concurren en sus novelas. Y es que para Arturo la escritura consiste en plasmar historias sobre el papel. En contar relatos de manera eficaz, de modo que el lector pueda proyectarse en la obra y ver su vida reflejada en cada párrafo. Para conseguirlo, el escritor ha de tener un importante bagaje a sus espaldas. Un bagaje no solo cultural sino también vivencial, de confrontación con el mundo exterior. Y ese mundo es por naturaleza cruel, hostil, inhóspito. Regido por un orden en el que prima la anarquía, el caos, la guerra y la destrucción. No obstante, el ser humano es capaz de sobrevivir en ese mundo siendo consciente de lo que lo rodea; construyendo una mirada lúcida con la cual hacer frente al desastre.
Hablar de Arturo Pérez-Reverte equivale a hablar de la mirada lúcida de quien ha vivido y ha leído. Los libros, para él, conforman un espacio, una manera de encarar la existencia. Por su parte, la vida siempre se encarga de poner las cosas en su sitio. De ahí que sea tan importante edificar esa mirada profunda y clarividente que permita al ser humano comprender su lugar en el mundo y ser consciente de que la catástrofe, tarde o temprano, acabará por llegar.
A través de su obra, Reverte nos habla del mundo y de sí mismo. Desde hace más de quince años, su columna de El Semanal acapara la atención de millones de lectores. En ella, el escritor cartagenero realiza un ejercicio de “venganza” contra ese mundo hostil, proclamando y defendiendo una manera de pensar donde la cultura, el honor y la educación ocupan un lugar preeminente, pero donde también tienen cabida la crítica mordaz, la añoranza de tiempos mejores y el humor sarcástico que brota como consuelo y nos concede un momento de respiro.
El siguiente artículo, titulado “Permitidme tutearos, imbéciles”, es una buena muestra de su estilo directo y su compromiso con aquello en lo que cree. Publicado a finales del 2007, Pérez-Reverte vuelve a empuñar la espada de Alatriste y ajusta cuentas con la maltrecha sociedad española. Qué mejor carta de presentación para nuestra recién estrenada “Tabla redonda”:
Permitidme tutearos, imbéciles
Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.
Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.
Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.
Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.
LAS TIENDAS DESAPARECIDAS
Si hay algo que caracteriza los escritos de Arturo Pérez-Reverte, es su compromiso de denuncia con la sociedad que, entre políticos y ciudadanos, estamos conformando. En el artículo dominical de hoy, 11 de octubre del 2009, Reverte expone la triste impresión que le causan los establecimientos que, asfixiados por una crisis a la que nadie sabe o quiere poner remedio, cierran sus puertas. Tras este, en apariencia, trivial suceso, se esconde casi siempre el drama de una familia que de ahora en adelante habrá de buscarse la vida como buenamente pueda, y cuyo futuro resulta tan poco alentador como el de las presuntas soluciones que, en teoría, deberían haber enderezado ya el maltrecho rumbo económico del país. Soluciones que, en palabras de don Arturo, pasan por una clase política “embustera y cutre”, la cual se limita a hacer oídos sordos y a mirar hacia otro lado mientras los pequeños propietarios agonizan.
El artículo, titulado “Las tiendas desaparecidas”, nos muestra la crudeza de la realidad que hoy impera en España. Una crudeza en consonancia con la manera en que Reverte enfoca y remata el artículo:
Cada vez que doy un paseo veo más tiendas cerradas. Algunas, las de toda la vida, habían sobrevivido a guerras y conmociones diversas. Eran parte del paisaje. De pronto, el escaparate vacío, el rótulo desaparecido de la fachada, me dejan aturdido, como ocurre con las muerte súbitas o las desgracias inesperadas. Es una sensación de pérdida irreparable, aunque sólo haya echado vistazos al escaparate, sin entrar nunca. Otras de esas tiendas son negocios recientes: comercios abiertos hace un par de años, e incluso pocos meses; primero, los trabajos que precedían a la apertura, y después la inauguración, todo flamante, dueños y dependientes a la expectativa, esperanzados. Ahora paso por delante y advierto que los cristales están cubiertos y la puerta cerrada. Y me estremezco contagiado de la desilusión, la derrota que trasmite ese triste cristal pegado al cristal con las palabras se alquila o se traspasa.
En lo que va de año, la relación es como de una lista de bajas depués de un combate sangriento. Entre las que conozco hay una parafarmacia, dos tiendas de complementos, una de música clásica, una estupenda tienda de vinos, una ferretería, una tienda de historietas, tres de regalos, dos de muebles, cuatro anticuarios, una librería, dos buenas panaderías, una galería de arte, una sombrerería, una mercería e innumerables tiendas de ropa. También -ésa fue un golpe duro, por lo simbólico- una juguetería grande y bien surtida. Me gustaba entrar en ella, recobrando la vieja sensación que, quienes fuimos niños cuando no había televisión, ni videoconsola, ni nos habíamos vuelto todos -críos incluidos- completamente cibergilipollas, conservamos del tiempo en que una juguetería con sus muñecas, trenes, soldados, escopetas, cocinitas, caballos de cartón, disfraces de torero y juegos reunidos Geyper, era el lugar más fascinante del mundo.
Ahora hablamos de crisis cada día. Hasta los putos políticos y las putas políticas -que no es lo mismo que políticas putas, ahórrenme las putas cartas- lo hacen con la misma impavidez con que antes afirmaban lo contrario. En todo caso, una cosa es manejar estadísticas; y otra, pisar la calle y haber conocido esas tiendas una por una, recordando los rostros de propietarios y dependientes, su desasosiego en los últimos tiempos, la esperanza, menor cada día, de que alguien se parase ante el escaparate, se animara y entrase a comprar, sabiendo que de ese acto dependían el bienestar, el futuro, la familia. Haber presenciado tanta angustia diaria, la ausencia de clientes, el miedo a que tal o cual crédito no llegara, o a no tener con qué pagarlo. El saberse condenados y sin esperanza mientras, en las tiendas desiertas que con tanta ilusión abrieron, languidecían su trabajo y sus ahorros. Morían tantos sueños.
Eso es lo peor, a mi juicio. Lo imperdonable. Todas esas ilusiones deshechas, trituradas por políticos golfos y sindicalistas sobornados que todavía hablan de clase empresarial como si todos los empresarios españoles tuvieran yate en Cerdeña y cuenta en las islas Caimán. Ignorando las ilusiones deshechas de tanta gente con ideas y fuerza, que arriesgó, peleó para salir adelante, y se vio arrastrada sin remedio por la tragedia económica de los últimos tiempos y también por la irresponsabilidad criminal de quienes tuvieron la obligación de prevenirlo y no quisieron, y ahora tienen el deber de solucionarlo, pero ni pueden ni saben. De esa gentuza encantada consigo misma que no sólo carece de eficacia y voluntad, sino que sigue impasible como don Tancredo, procurando ni parpadear ante los cuernos del toro que corretea llevándose a todo cristo por delante. Un Gobierno cínico, demagogo, embustero hasta el disparate. Una oposición cutre, patética, tan corrupta y culpable de enjuagues ladrilleros que trajeron estos fangos, que resulta difícil imaginar que unas simples urnas cambien las cosas. Sentenciándonos, entre unos y otros, a ser un país sin tejido industrial ni empresarial, sin clase media, condenado al dinero negro, al subsidio laboral con trabajo paralelo encubierto y a la economía clandestina. Con mucho Berlusconi en el horizonte. Un rebaño analfabeto, sumiso, de albañiles, putas y camareros, donde los únicos que de verdad van a estar a gusto, sinvergüenzas aparte, serán los jubilados guiris, los mafiosos nacionales e importados, y los hooligans de viaje y tres noches de hotel, borrachera y vómito incluidos, por veinticinco euros. Para entonces, los responsables del desastre se habrán retirado confortablemente al cobijo de sus partidos, de sus varios sueldos oficiales, de sus pingües jubilaciones por los servicios prestados a sí mismos. A dar conferencias a Nueva York sobre cómo nos reventaron a todos, dejando el paisaje lleno de tiendas cerradas y de vidas con el rótulo se traspasa. Así que malditos sean su sangre y todos sus muertos. En otros tiempos, al menos tenías la esperanza de verlos colgados de una farola.