
Hoy he vuelto a casa por la orilla. Y no es metáfora. Que he clavado mis pies en la arena y he embadurnado mi espíritu con el silencio de la humedad fría. Hoy me he comprometido a seguir acicalando mi esperanza para rubricar con mi pluma mis esporádicos textos cibernéticos. Hoy he comprendido que mi paso avanza tan breve como veloz se desploma mi inquietud política. Y eso sería aplaudido por los idiotas que miran el dedo en lugar de la luna. Ya lo sabéis. Me he quedado embobado observando vuestros rostros mientras embadurnaba de música mi habitación. Mi corazón late como el reloj que acunaba mis noches infantiles bajo la alegre mirada del dios Baco. Ahora, vuestra buena voluntad me sobrecoge. Porque mis sueños se resumen en una mesa para dos con algunas margaritas blancas y un babero limpio. Sí, señores. Porque quienes valoramos la vida humana por encima de cualquier otra cosa no podemos alegar nada más allá de que nuestro “reino” no es de este mundo. O tal vez no sepamos interpretarlo de otra manera.
Algunos amigos en Facebook resultan tan autoritarios que son incapaces de concebir la libertad de opinión desde el ámbito individual. Otros se dedican a citar a los grandes maestros liberales mientras te persiguen, lo que resulta del todo paradójico. Y yo no soy más que un cronista de esos que se afeitan por las mañanas con una mano, mientras se peinan con la otra. Me cuesta retirar el vaho del espejo. Me gustaría observarme despacio para cerciorarme de que los años no perdonan. Las ganas de vivir. Ganas. Flash…
Y llego a casa y me detengo ante el felpudo. Abro la puerta y le cedo el paso a la mujer que soporta los puntales de mi espíritu mientras sopla en mi frente con sonrisas marineras. Porque mi vida empieza tras este bendito dintel de madera. Un pasillo nos separa y su respiración me hace saber de ella. ¿Por qué les costará tanto entenderlo? Nuestro hogar es nuestra vida y nuestra libertad sólo se hace patente en él. Por ello se han propuesto acabar con la familia.
¿Qué censura nuestra locura? ¿Por qué consiguen que los buenos huyan a su rincón con el corazón helado y el alma rota? ¿Por qué habrán logrado que hoy no tenga ganas de escribir? No soy un héroe, amigos. Nunca lo he sido. Pero no puedo vivir si permanezco callado. A veces tengo la sensación de dar palos de ciego. Aunque lo que más me duela sea el hecho de sufrir, sufrir tanto, tanto, tanto por el dolor ajeno. No, no es fácil ser así.
¿Puedo elegir? ¿Podemos cerrar las puertas de nuestra casa y vivir sin más? Se me antoja que no. No sé cómo expresar el contraste entre lo que vislumbro en las afueras y lo que disfruto en mi pequeño habitáculo de libertad. Hoy me acostaré temprano y no daré explicaciones. Porque me concibo feliz a pesar de los pesares. Porque escribo por escribir. Y esto preocupa demasiado a quienes lo hacen para sacar tajada. Vivan pues sus señorías y prosigan la persecución del peregrino. Vencernos resultaría fácil… porque estamos tan cansados que, probablemente, no nos defendamos. Hasta aquí hemos llegado esta semana. Tengo ganas de volver, pero esto no depende de mí. Y la oveja creía ser pastor. Pobre animal, confiaba en que su triste cencerro de bronce y hueso interpretaba solemnes melodías. ¿Y quién se atreve a negarlo? No seré yo quien lo haga.
Paco Bono
Editor de DEMOCRACIAtotal
Colaborador en http://www.espana-liberal.
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